
LA CARA DEL PODER DE LA INFORMACIÓN
Las noticias falsas dinamitan las relaciones. Da igual cuál sea el contexto, a nadie le gusta que le engañen y le cuenten hechos falsos. Por ejemplo, en una relación —amorosa o de amistad—, si una de las partes cuenta mentiras a la otra, y esta otra se entera, la relación tiene muchas papeletas de acabar. Algo similar ha pasado a lo largo de estos últimos años entre la sociedad y los medios de comunicación. La gente ha dejado de verlos como un cuarto poder defensor de los derechos sociales debido a rutinas informativas y modelos de negocio que nada tienen que ver con los valores básicos del periodismo.

Encuesta de Statista a 9.290 personas españolas en febrero de 2022
sobre la confianza en los medios de comunicación // Fuente: Statista
Una fake new puede ser desde una noticia con fines deleznables que busquen hundir la reputación de cualquier persona, grupo social o cargo hasta una noticia satírica sin ningún perjuicio. En esta línea, el fundador de ‘Pandemia Digital', Julián Macías, define este concepto como «desinformación» o «información» dada con «elementos erróneos», bien sea de «manipulación, omisión de elementos importantes o, directamente, un invento de la noticia». Mar Iglesias, presidenta de la Corporació Valenciana de Mitjans de Comunicació, matiza que «la desinformación» siempre ha estado ahí, por lo que lo nuevo son «las grandes campañas orquestadas» para influir en la sociedad y expandir la información falsa de «forma global».
Al fin y al cabo, como define Marc Amorós en su libro Fake News: La verdad de las noticias falsas: «Las fake news son informaciones falsas diseñadas para hacerse pasar por noticias con el objetivo de difundir un engaño o una desinformación deliberada para obtener un fin». El objetivo de una noticia deleznable es un fin político y/o económico, el de una noticia satírica es un fin lúdico, de entretenimiento. Estas informaciones falsas tienen una razón de llegar a la audiencia, un porqué. Como Amorós afirmaba en su libro, toda la desinformación busca un beneficio, y este puede ser «político, económico o ideológico».
En la vertiente política, articular discursos en torno a noticias falsas puede llegar a generar odio —es el objetivo—. Un ejemplo muy claro sería la inmigración, el desprecio al que viene ‘de fuera’. De esta forma, el relato generado desemboca en un odio hacia ciertas propuestas políticas o ciertos colectivos que históricamente han estado vulnerables. Así lo explica el fundador de ‘Pandemia Digital’:
Un ejemplo es Trump. Mediante esta técnica tratan de hacer una lucha contra los avances de lo que ellos llaman ‘la batalla cultural’, pero que tiene que ver con retroceder en el avance de derechos de minorías que, por una cuestión histórica, no han tenido esos derechos. La parte menos desarrollada intelectualmente —la que busca despertar la desinformación— del humano provoca injusticias o violencia hacia esos colectivos.
Toda la desinformación busca un beneficio, y este puede ser político, económico o ideológico
Hay otras veces en las que la creación de desinformación nace para acercar un tema a la agenda mediática, pese a que este sea falso, es decir, las informaciones se crean para que alguien las desmienta. Macías pone un caso: «Si se quiere provocar, por ejemplo, desde la derecha a la izquierda, que toda la izquierda salga es un éxito, porque es una bomba de relojería. Yo comento una determinada noticia, pero si alguien la desmiente ya se está hablando de lo que yo quiero».
Además, como explica Rubén Sanz, doctor en Psicología y profesor en la Universidad Complutense de Madrid, para los partidos políticos será más sencillo engañar a las personas afines a ellos, pues el análisis del discurso será inexistente ya que encaja perfectamente con las creencias que tienen establecidas. El uso de fake news en este ámbito político tiene unos objetivos: «Desprestigiar, atacar y ridiculizar al adversario político, mejorando indirectamente el posicionamiento del atacante; se llama a la abstención o se contraargumenta, de manera encubierta, ideas o campañas que podrían hacer daño a otra formación» (Picos Martín, 2019).
Un ejemplo es el sucedido con Cambridge Analytica (2018), una empresa con sede en Londres que trabajaba para cambiar «el comportamiento de la audiencia», según indica su página web. Pero, ¿cuál es el escándalo? Esta empresa compró datos extraídos de Facebook a través de un test de personalidad para conseguir perfiles psicológicos de cada usuario. De este modo, Cambridge Analytica consiguió conocer cuál debía ser el contenido, tema y tono de un mensaje para cambiar la forma de pensar de los votantes de forma prácticamente individualizada.
Asimismo, la compañía envió publicidad personalizada y desarrolló noticias falsas que luego replicó a través de redes sociales, blogs y medios (BBC Mundo, 2018). La desinformación formó parte del proceso electoral, pero como expone David Alandete, autor de Fake news: la nueva arma de destrucción masiva: «Trump no ganó solo por las fake news, las noticias falsas agravan el problema, pero el problema existe —en este caso el descontento con el partido republicano, entre otras—».
La desinformación es un método win win, porque, no existe un marco regulatorio que evite que se haga de manera impune y porque se ha visto que las noticias falsas se comparten más que las reales
Si se pone el foco en el rédito económico, para Macías, la desinformación es «un negocio», es «un método win win», porque, principalmente, es inexistente un marco regulatorio que evite que se haga de manera impune y porque se ha visto que las noticias falsas se comparten o difunden más que las reales. Los clics generan dinero. Y las fake news buscan el clic.
Un ejemplo es el que relataba la BBC sobre ‘Goran’, habitante de la ciudad de Veles (Macedonia), donde una gran cantidad de jóvenes se ganaban la vida con la creación de noticias falsas:
El joven comenzó a publicar historias sensacionalistas, plagiadas de sitios web estadounidenses derechistas, el pasado verano. Luego de copiar y pegar varios artículos, los adornó con un título sugerente y llamativo, pagó una campaña en Facebook para hacerlos llegar a una audiencia hambrienta de noticias sobre Trump y, cuando ese público comenzó a hacer clic en sus historias y a compartirlas, empezó a hacer dinero de ingresos publicitarios en su página web. Goran dice que trabajó en esa farsa durante solo un mes y que ganó cerca de 1.800 euros (Kirby, 2016).
A nivel ideológico, las fake news que la sociedad cree son las que le gustaría que fueran ciertas, por tanto, el éxito está asegurado. Los individuos prefieren creer aquello que confirma sus creencias, pues como explica Sanz: «Si me dices que es mentira me generas un conflicto interior que yo no estoy dispuesto a asumir». Respecto al beneficio ideológico, para el creador de ‘Pandemia Digital’ las fake news son útiles porque conectan personas:
Si yo a una persona o conjunto de personas soy capaz de, por la mentira o el contexto que ya estuviera de antes, hacerle odiar a una persona, partido político, colectivo, etc., va a estar condicionado para seguir recibiendo noticias que le generen emociones del mismo sentido.
Ante cualquier fenómeno es importante ver cuáles son los objetivos, quién sale ganando, de qué manera y por qué motivos los llevan a cabo
Las fake news tienen el arte de estructurar la realidad a través de historias que permitan vincular afectivamente al lector con los hechos (Amorós, 2018). Todo ello, potenciado al máximo nivel por las cámaras de eco y la información que las big tech recogen de los usuarios, llevan a la sociedad a reforzar sus opiniones preconcebidas y dirigir el pensamiento hacia un lado u otro, hecho que beneficia a quien elige ser difusor de desinformación.
Pese a todo lo anterior, hay diferentes tipos de desinformadores —desde el que lo hace sin un ápice de malicia (comete un error) hasta el que tiene un objetivo dañino— y distintos tipos de informaciones falsas —según la intención—. Sanz hace una distinción: «Quien quiere generar caos, quien piensa que va a dar al mundo la verdad absoluta, quien lo hace por diversión, el ignorante, etc. Hay gente que desinforma sin ánimo de dañar. Todos podemos ser desinformadores cuando compartimos información sin contrastar».
Por tanto, es distinto que tu madre envíe una fake new por el grupo de la familia, que una persona diseñe y difunda una para buscar odio hacia las personas migrantes, por ejemplo. Tampoco es lo mismo cometer un error informativo —y emitir una noticia falsa— que crear de forma malintencionada esta noticia para sacar un rédito del tipo que sea —político, económico o ideológico—. «Ante cualquier fenómeno es importante ver cuáles son los objetivos, quién sale ganando, de qué manera y por qué motivos los llevan a cabo», expresa el Profesor de Ciencias de la Información y Comunicación de la Universitat Oberta de Catalunya, Alexandre López-Borrull. Al fin y al cabo, como el catedrático expone:
Siempre habrá quien viraliza contenidos falsos simplemente para tener enriquecimiento económico. Habrá quienes lo hagan porque pueden, para probar, para divertirse. Habrá gente que lo haga simplemente por tener unas teorías negacionistas, o habrá gente que, en el caso de la ultraderecha, lo haga para ganar espacios de centralidad que normalmente no tendría. Por eso la ultraderecha se ha apuntado siempre a manifestaciones contrarias a las vacunas, a la COVID, etc., porque ningún otro partido se apuntaba y, por tanto, gente que no hubiera escuchado nunca a la ultraderecha, por primera vez ha pensado: “Mira, estos son de los míos”.
Si la noticia nos encaja, nos la creemos y la difundimos
Durante el desarrollo de la COVID-19 —que hoy queda ya un poco lejos—, López-Borrull (2020) desarrolló el artículo Fake news y coronavirus: la información como derecho y necesidad e hizo una clasificación de desinformadores —fakers— según el motivo de difusión:
-
Los bienintencionados: Son personas no expertas en el tema que intentan ayudar, pero su falta de conocimientos le conduce a error o verdades a medias.
-
Los conspiranoicos: Se trata de aquellos que, por su ideología o forma de pensar, desconfían en las administraciones y los poderes públicos. Por tanto, dan credibilidad a cualquier mensaje minoritario recibido en redes.
-
Mensajes de odio al diferente: En este grupo, el profesor López-Borrull incluye a las personas que utilizan la desinformación para atacar e infamar a ciertos colectivos, así como quien difunde un mensaje de odio con una intencionalidad política.
-
Los del reto viral: Usan las noticias falsas por diversión, es decir, para ver si logran tener cierto impacto.
-
Los creadores de caos y desestabilizadores: Son personas que buscan el caos en un contexto de desconfianza generalizada frente a un fenómeno poco conocido —o del que hay poca información—. Se usa para desacreditar la información oficial y desestabilizar de forma interna o externa.
Estos cinco grupos de personas son el inicio del germen. Posteriormente, es la sociedad, cualquier ciudadano o ciudadana de a pie, quien da el impulso para su rápida viralización. Como razona Marc Amorós en su libro Fake News: La verdad de las noticias falsas: «Si la noticia nos encaja, nos la creemos y la difundimos».
Al igual que hay diferentes tipos de desinformadores, también hay distintas fake news. En la lengua castellana únicamente existe el término desinformación, pero en inglés existe tanto la ‘misinformation’ como la ‘disinformation’. Para poder observar las diferencias entres ambas, la University of Washington Bothell & Cascadia College (2022) define el término ‘misinformation’ como aquella «información falsa» que se difunde independientemente de que haya «intención o no» de engañar. Por otro lado, ‘disinformation’ sería aquella «información deliberadamente engañosa o sesgada con una narrativa o hechos manipulados».
Es decir, la ‘misinformation’ es una información incorrecta o falsa, pero cuyo objetivo se aleja de desinformar, pues nace de un error en el proceso de trabajo. En cambio, la ‘disinformation’ tiene un fin malicioso, busca causar daño y engañar, está elaborada desde el inicio con una intención de deterioro social.

¿Toda la desinformación tiene como fin engañar a las personas? // Fuente: Elaboración propia
Ante tanto tipo de desinformación y ‘fakers’, ¿en qué punto se encuentran los medios de comunicación? «Los medios de comunicación social (...) conviven y participan en el proceso de globalización de las sociedades (...) y desempeñan un papel relevante en la vida cotidiana de los ciudadanos ejerciendo un poder de transformación en la sociedad» (Fernández & García, 2001). Pese a ello, en la actualidad, los grandes medios de masas se encuentran sometidos a ciertas dificultades como es la falta de independencia, que ha llevado a una pérdida de credibilidad. Mar Iglesias narra la problemática: «Económicamente los medios de comunicación tienen una dependencia y un perfil muy marcado que les hace escribir lo que su público quiere escuchar».
Esta falta de independencia hace que los periodistas se alejen de la realidad y cedan a intereses de todo tipo —económicos, ideológicos, personales, etc.—. «Esa dependencia de otros poderes o centros de decisión supone quebrar el pacto comunicativo esencial que se establece entre medios de comunicación periodísticos (o periodistas) y ciudadanos» (Romero Álvarez, 2002).
Los medios de comunicación deben ser un reflejo de la realidad y cumplir con los valores básicos del periodismo. Hay una cosa clara, como expone Iglesias: «La objetividad no existe, pero existe la honestidad». Informar consiste en transformar algo que ha pasado, un hecho, en un relato, pero ello es complicado porque requiere de interpretación: «O falta algo o sobra algo, o quizá el ángulo desde el que se observa no es el adecuado, o tal vez se buscan varios ángulos, pero acaso se omitió uno que resultó ser esencial» (Mayoral, et. al., 2017).
Un ejemplo lo relata el doctor en Psicología: «Es como cuando nos dicen que una bebida contiene un 7 % de fruta natural. Entonces, nos preguntamos, ¿qué es el otro 93 % restante? Les interesa contar el lado natural del producto, no el otro 93 %». De este modo y, según el mismo, el lenguaje es «muy manipulador» porque sesga la «perspectiva» desde la que se mira.
El fenómeno de la desinformación, que ha puesto en jaque a los medios de comunicación, también puede ser una oportunidad para resolver su crisis
Con los medios de comunicación ocurre algo similar. En ocasiones, no es que sean difusores de mentiras, sino que la mirada desde la que cuentan un acontecimiento está sesgada. No obstante, lo relevante de esta cuestión es la intencionalidad:
“Manipulación” es palabra y concepto que se presta a equívocos. Manipular significa tocar con las manos. Significa “amasar”. Pero puede significar también “toquetear”. Qué sutil ese tránsito: de tocar, a toquetear, a “manosear”. Es decir: “de dar forma” (o amasar) a “deformar” (Mayoral, et. al., 2017).
Por ello, equivocarse quiere decir una cosa y manipular otra bien distinta. Manipular es falsear de forma intencionada. Para Mayoral, Parratt y Morata (2017) la finalidad es engañar, deformar realidades y hechos, ridiculizar a personas o, quizá, simplemente silenciar, ocultar, callar. Es por ello que lo que se busca es que la ciudadanía desconozca la realidad en su totalidad.
El fenómeno de la desinformación, que ha puesto en jaque a los medios de comunicación, también puede ser una oportunidad para resolver su crisis. Los periodistas siempre serán útiles y necesarios para los intereses de la ciudadanía, más aún en un contexto hiperconectado y repleto de información y opiniones.
La solución, en palabras de la presidenta de la Corporació Valenciana de Mitjans de Comunicació, reside en hacer «periodismo de verdad» y ser honestos con los lectores y las lectoras. Si los profesionales de la información basan su labor en lo que les diferencia del resto de ‘informadores’ —verificación, contraste, veracidad, transparencia, etcétera— conseguirán aportar ese extra que los desmarca de los demás, sino, serán una vía más de las muchas que plantea el ecosistema digital.
Referencias bibliográficas:
Amorós, M. (2018). Fake News. La verdad de las noticias falsas. Plataforma Editorial, Barcelona, 2018. 187p. ISBN: 9788417114725
BBC Mundo (2018). 5 claves para entender el escándalo de Cambridge Analytica que hizo que Facebook perdiera US$37.000 millones en un día. bbc.com. 20 de marzo de 2018. Disponible en: https://www.bbc.com/mundo/noticias-43472797 Consulta: 5 de mayo de 2022
Fernández, R. (2022). Confianza en los medios de comunicación en España en 2022. statista.com. 16 de febrero de 2022. Disponible en: https://es.statista.com/estadisticas/538852/confianza-en-los-medios-de-comunicacion-espana/ Consulta: 4 de mayo de 2022
Fernández, T., & García, A. (2001). Medios de Comunicación, Sociedad y Educación. Ediciones de la Universidad de Castilla-La mancha, Cuenca, 2001. 280 p. ISBN: 8484270769
Kirby, E. (2016). La ciudad europea que hizo una fortuna a base de crear noticias falsas sobre las elecciones de Estados Unidos. bbc.com. 6 de diciembre de 2016. Disponible en: https://www.bbc.com/mundo/noticias-38222222 Consulta: 5 de mayo de 2022
López-Borrull, A. (2020). ‘Fake news’ y coronavirus: la información como derecho y necesidad. comein.uoc.edu. abril de 2020. Disponible en: https://doi.org/10.7238/c.n98.2025 Consulta: 3 de mayo de 2022
Mayoral, J.; Parratt, S.; Morata, M. (2017). Desinformación, manipulación y credibilidad periodísticas: una perspectiva histórica. Historia y comunicación social 24 (2), 395-409
Romero Álvarez, María de Lourdes (2002). El pacto periodístico. Revista mexicana de ciencias políticas y sociales. 45 (186), 159-173
Picos, J. (2019). La desinformación está cada vez más presente en las campañas electorales. nebrija.com. 19 de noviembre de 2019. Disponible en: https://www.nebrija.com/medios/actualidadnebrija/2019/11/18/la-desinformacion-esta-cada-vez-mas-presente-en-las-campanas-electorales/ Consulta: 7 de mayo de 2022
University of Washington Bothell & Cascadia College (2022). Fake News, Misinformation & Disinformation. guides.lib.uw.edu. 25 abril 2022. Disponible en:https://guides.lib.uw.edu/c.php?g=345925&p=7772376 Consulta: 9 de mayo de 2022
