
LA PSIQUE MANEJA AL TÍTERE
Rubén Sanz: «La mente busca el confort y la supervivencia. No le importa tanto si la información es verídica o no»
Tráiler del capítulo // Fuente: Elaboración propia
El cerebro está implicado en todas las funciones y tareas del día a día, desde la más simple hasta la más compleja; desde respirar hasta recordar, pensar y soñar. La mente es la maquinaria que mueve y condiciona al ser humano, sin ella nada es posible. Pero, ¿qué tiene que ver el cerebro y sus funciones con las informaciones falsas y cómo llegan? Bien, hay una relación directa.
Rubén Sanz es doctor en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, donde, actualmente, es profesor. Antes de pisar el ámbito docente el experto trabajó como psicólogo en Mapfre Caja Salud durante seis años. Hoy en día es Director del Centro Cuarzo, un centro enfocado en la orientación y el tratamiento psicológico desde una perspectiva basada en el método científico. Sanz ha realizado un trabajo de revisión teórica junto a la psicóloga Cristina Carro de Francisco titulado ‘Susceptibilidad cognitiva a las falsas informaciones’, cuyo objetivo es indagar en los principales mecanismos psicológicos que trabajan en el procesamiento de las falsas informaciones.
El cerebro lo que busca muchas veces no es la verdad, sino la comodidad
Una de las hipótesis que explican ese vínculo entre la mente y la información falsa es la Teoría del Razonamiento Motivado. Sanz la explica con estas palabras: «Buscamos información sobre cosas que reafirmen nuestras creencias». Es decir, el ser humano, a través de un análisis emocional, configura la información que le llega para que encaje con sus gustos y opiniones. De esta manera, las personas dan más valor a aquello que refuerza su visión y rechazan u omiten aquello que va en contra de sus creencias. Es por esto que, en relación a las fake news, es más fácil creerse aquello con lo que el cerebro se siente cómodo sin indagar en su veracidad. El razonamiento es motivado únicamente cuando los individuos buscan aquella información que le devuelva la respuesta que esperan (Calvo & Aruguete, 2020).
Un ejemplo cotidiano que ayuda a entender esta teoría es cuando alguien advierte a unos padres de que su hijo hace el gamberro en la calle. Estos, que tienen una imagen idealizada de su hijo, dudan y muestran una reacción de asombro: «¿Mi hijo? ¡Imposible!». En términos del campo de la psicología, Rubén Sanz explica que este hecho se conoce por el nombre de disonancia cognitiva:
Al cerebro no le gustan para nada los conflictos, no le importa tanto si la información es verídica o no. La mente lo que busca es el confort y la supervivencia. Ahí es donde somos susceptibles a recibir falsas informaciones, porque es una especie de tendencia acrítica a la información que nos llega. Si me llega algo y ya me gusta, con eso me quedo. Solamente si no me agrada hago análisis de esa información.
Al fin y al cabo, en la Teoría del Razonamiento Motivado, el ser humano se muestra «menos minucioso» al examinar «evidencias congruentes con sus creencias» y, por el contrario, busca el «error» en aquellas informaciones que son «contrarias» a estas, como argumenta el entrevistado en su investigación ‘Susceptibilidad Cognitiva a la falsas informaciones’ (2019) junto a la psicóloga Cristina Carro de Francisco.
Otra de las hipótesis que conecta las fake news con el cerebro es la Teoría del Procesamiento Dual. En general, para explicar el pensamiento y razonamiento humano esta teoría plantea dos sistemas diferentes (sistema 1 y sistema 2) en lugar de un único mecanismo universal. Ambos procesos —1 y 2— presentan diferencias en: aspectos funcionales, velocidad de procesamiento, acceso a la conciencia y capacidad computacional o de recursos que demandan (Seoane, et al., 2017). Esto quiere decir que, por un lado, el ser humano cuenta con el sistema 1, el cual, en palabras de Sanz, es más «perezoso, vago y emocional» y, por tanto, trata de resolver «las incógnitas de manera muy rápida». Solo cuando este sistema falla se recurre al sistema 2, que es «mucho más costoso cognitivamente» y hace uso de «la razón y el análisis». En la investigación previamente mencionada, los autores asocian el sistema 2 a la «elección y la concentración» y lo adjetivan como «lento, serial, consciente, reglado y deductivo».
¿Cuántas veces habéis tratado de arreglar algo que ha dejado de funcionar a base de golpes? El psicólogo del Centro Cuarzo ponía el ejemplo de la típica televisión antigua. En este caso, la mente recurre al sistema 1, es decir, busca una solución rápida. Si a golpes el resultado es inútil, el cerebro introduce análisis para conocer qué ocurre y cómo lo puede solucionar de una forma racional. Lo mismo pasa con las informaciones que las personas consumen. El especialista lo sintetiza de la siguiente manera: «El cerebro lo que busca muchas veces no es la verdad, sino la comodidad».

Cinco trampas del cerebro ante la información. // Fuente: Elaboración propia a partir del libro Fake News: La verdad de las noticias falsas.
La mente no es capaz de explorar todas las posibilidades cuando se enfrenta a un problema, por lo que recurre a atajos
Desde la revolución cognitiva se derivó una visión, todavía dominante, que interpreta que la mente es una computadora o un sistema de procesamiento de información (Barrett, et al., 2015). Como tal, el cerebro tiene una capacidad cognitiva limitada, es decir, no es capaz de analizar todo. De esta forma, como el experto argumenta, tiene que quedarse con cosas «parceladas» de la información que recibe.
El psicólogo acerca esta visión sobre el cerebro en respuesta a la siguiente pregunta: ¿Las personas son ‘vagas’ y se han acomodado a eso —información emocional— o el sistema las hace así?
El cerebro no ha cambiado, es el mismo. El cerebro perezoso, que tiene limitaciones, y que trata de evitar un sobrecoste, es decir, hacer las cosas al mínimo esfuerzo, es el mismo que hace mil años. El problema es que los sistemas que tenemos alrededor de información, redes sociales, etc., están diseñados para aprovecharse de esas fisuras del pensamiento.
Por tanto, no es que las formas de pensar sean nuevas —aunque sí han evolucionado—, sino que el sistema trata de retorcerlas para intentar sacar un beneficio. Esto explica que ciertas cosas —en el campo de la información, pero también en otros como el del marketing— estén creadas en base a la manera que tienen los seres humanos de procesar la información, ya que de esta forma se aprovechan de sus «fisuras de racionalidad y sus fallos», como indica el doctor.
Esta segunda hipótesis tiene una relación directa con la tercera y última teoría, que alude a los sesgos cognitivos —interpretaciones erróneas— y los heurísticos —atajos mentales—. En este caso, como menciona Sanz, la mente no es capaz de explorar «todas las posibilidades» cuando se enfrenta a un «problema», por lo que recurre a «atajos». El experto plantea varios ejemplos para comprenderlo mejor:
Es como jugar al ajedrez, tú no puedes explorar las millones de jugadas que puedes hacer a lo largo de una partida, tu mente cierra y hace un atajo. Tampoco puedes ver todos los coches de Madrid antes de comprar uno, tienes que reducir. No podemos estar informándonos continuamente de absolutamente todo.
A nivel informativo, es complicado que la ciudadanía esté informada todo el día de aquello que sucede a su alrededor. Por tanto, selecciona un medio y un canal y confía en lo que este difunde. «Es una mezcla de nuestras limitaciones más un sistema —las redes y medios de comunicación— diseñado para aprovecharse de esas fisuras, y unos intereses por encima que conocen muy bien cómo pensamos», apunta Rubén Sanz. A esto hay que sumarle aquella información que se queda sin conocer o lo que el experto de Cuarzo define como «silencios»:
Los silencios son otra manera de manipular la información, porque muchas veces la mentira no está en lo que se cuenta, sino en lo que no se dice. Pero, en lo que no se dice, ¿buscamos más información? No, se queda ahí y la ciudadanía razona con lo que le han dado y lo que tiene, no con lo que podría obtener por otro sitio.
Cuando una noticia falsa ha entrado en nuestra mente solo hay dos posibilidades: o somos capaces de recordar exactamente que era mentira o, si simplemente nos suena de algo, nuestro cerebro la dará como verdadera
Estas son las tres teorías principales que responden a cómo actúa la mente humana frente a la información y que, por tanto, pueden explicar por qué las personas creen según qué cosas. Sin embargo, existen múltiples sesgos y heurísticos que impulsan la creencia en las informaciones falsas. Entre ellos, destaca el efecto de anclaje y ajuste, que juega un papel muy importante en este proceso.
Como bien dice la palabra —anclaje—, la mente tiende a anclarse a la primera información que le llega y que le resulta convincente e ignora el resto, de forma que sus argumentos giran en torno a esa idea inicial. Rubén Sanz atribuye este problema a la «fiabilidad de la memoria»: «Cuando pasa el tiempo y nos hemos aprendido una información falsa, no solamente la hacemos verdadera, sino que pensamos que la hemos obtenido de una fuente fiable».
Algo muy similar lo cuenta Marc Amorós (2018) en su libro Fake News: La verdad de las noticias falsas: «Cuando una noticia falsa ha entrado en nuestra mente solo hay dos posibilidades: o somos capaces de recordar exactamente que era mentira o, si simplemente nos suena de algo, nuestro cerebro la dará como verdadera». Por tanto, la primera información que la mente recibe tiene más peso que todo lo que llega después y, por ello, en palabras de Sanz, es «más fácil» mentir a alguien que, después, convencerle de que ha sido «engañado». De esta manera, una mentira repetida en múltiples ocasiones el cerebro la convierte en verdad.
Explicación de algunos sesgos cognitivos y ejemplos. // Fuente: Elaboración propia.
Por otro lado, un efecto muy relacionado con el fenómeno de las fake news es el conocido efecto de subirse al carro o bandwagon. Este tiene que ver con las personas y el entorno con el que los individuos se relacionan. La ciudadanía tiende a relacionarse con aquellos más parecidos a ellos. Por tanto, el doctor explica que el «sesgo de creencia» se ve cada vez más alimentado. Es decir, cuanta «más gente» piense acerca de algo, más confían en esa «creencia». Con las noticias o las informaciones consumidas pasa exactamente lo mismo: «Si leemos muchas noticias en la misma dirección o nos rodeamos de personas que piensan igual nos costará ser críticos y opinar lo contrario». Es por ello que la manera en la que los individuos valoran la fuente que emite el mensaje influye en la interpretación del mismo y también en su veracidad (Calvo & Aruguete, 2020).
Este efecto, sumado al nuevo ecosistema digital que rodea a la sociedad, ha cambiado, según Sanz, los procesos informativos: «La forma de informarnos es a través de tweets, de una manera rápida y sin análisis. De esta manera, nosotros vamos sesgados, pero las propias redes sociales y aplicaciones a través de las cuales nos informamos también». Aquí entrarían en juego aspectos como los algoritmos, pues los usuarios introducen sus sesgos y las aplicaciones los suyos y, de esta forma, aquella información que no es afín al individuo ni siquiera le llega, lo que produce que reciba una realidad incompleta o se crea únicamente aquello que ha recibido sin investigar más, ya que, como indica el experto, la comodidad del sistema 1 lo impide.
Esto se debe a que, a través de los algoritmos, se ofrece un contenido adaptado a las preferencias de búsqueda y consumo de los usuarios. «No solo el cerebro quiere evitar realizar un análisis racional de los hechos para minimizar un elevado coste cognitivo, sino que las propias plataformas se aprovechan de este hecho realizando el trabajo de criba por nosotros» (Sanz & Carro, 2019).
Existen otros componentes que influyen a la hora de que las personas se crean un bulo. Uno de ellos, para Sanz, es el tono emocional con el que se configuran: «Por ejemplo, un tweet que provoque ira va a generar movimiento. Tú pones un tweet de Garcilaso y te dan dos me gusta, pero pones algo provocador y ahí van a haber muchos me gusta y muchos comentarios». Así lo explica, también, Ernesto Calvo y Natalia Aruguete en su libro Fake News, Trolls y otros encantos (2020):
Las fake news buscan mirar a la cara al oponente y escupir información que lo indignen, lo agravie y lo rebaje. No importa si son desmentidas algunos minutos, horas o días más tarde. De hecho, su intención no es durar, sino lastimar. No conforman una estrategia informativa, sino un acto de bullying destinado a activar, movilizar y confrontar.
Asimismo, el experto asegura que lo «dicotómico» también funciona muy bien, es decir, aquellas ideas o conceptos que se extreman hacia los lados: «El cerebro se encuentra más cómodo con aspectos concretos. No me digas hoy esto y mañana lo contrario. No me digas términos medios, o conmigo o contra mí».
Cada vez nos estamos haciendo una sociedad más desconfiada, más paranoide
El canal por el que se transmite una noticia falsa, los componentes que la caracterizan… Pero, hay más. Existen momentos o escenarios en los que esparcir fake news va a ser más fácil y efectivo. El psicólogo hablaba de aquellas situaciones en las que se genera en las personas una sensación de falta de control y desconocimiento acerca de lo que ocurre y ocurrirá en el futuro: «En situaciones de incertidumbre y miedo los sesgos se multiplican». Esto se debe a que por «motivos de supervivencia» el cerebro necesita «certeza», pues todo lo que le huele a «incertidumbre» trata de rechazarlo.
Por tanto, cuando la mente explora sin éxito las pruebas científicas intenta buscar, según Sanz, esa «parcela de coherencia» en la que, en ocasiones, se inventa «información». Esto ocurre porque, en ese momento en el que hay escasez de datos suficientes, fidedignos o ciertos, las personas necesitan algo a lo que agarrarse para sentir una sensación de tranquilidad: «El cerebro trata de evitar la desinformación y la incertidumbre».
El conjunto de todo lo anteriormente mencionado da pie a que la sociedad viva en un clima general de sospecha, en palabras del entrevistado: «Cada vez nos estamos haciendo una sociedad más desconfiada, más paranoide. Como mienten por todos los sitios ya no nos sorprenden». Sanz hace una comparación entre la persona «paranoide» y el «celoso patológico», ya que ambos piensan que todos los demás siempre mienten. Así lo explican de forma resumida en el libro anteriormente mencionado Fake News, Trolls y otros encantos:
Las redes sociales nos han acostumbrado a esperar las peores noticias y a no sorprendernos cuando estas se cumplen; entrenan a los usuarios para reaccionar, crisparse, violentarse con cada nuevo vídeo, cada imagen, cada agravio; encuadran eventos al enfocarse en aquellos aspectos que incrementan la polarización y de esa manera nos hacen percibir que la distancia ideológica es mayor que la existente (Calvo & Aruguete, 2020).
Sanz le pone un nombre a este hecho: «sesgo de mendacidad». Los seres humanos, por naturaleza, tienden a creer que todo es verdad —sesgo de veracidad—. Sin embargo, como reflexiona el doctor, a esta lógica se le ha dado la vuelta, ya que, actualmente, con la constante difusión de bulos y, por ende, la falta de credibilidad hacia fuentes oficiales y medios de comunicación, las personas suelen pensar que «todo» lo que les llega es «mentira» —sesgo de mendacidad—. Este sesgo está relacionado y es común en determinadas profesiones como, por ejemplo, la policial, ya que, como argumenta el psicólogo: «Están acostumbrados a estar con los malos de la película y, por ello, siempre piensan que se la están colando».
Este clima de sospecha está generalizado, de manera que, como reflexiona el experto: «Estamos pensando que la gente, por regla general, nos miente, que los periodistas nos mienten, que los políticos nos mienten…». Sin embargo, hace hincapié en que las personas pueden estar igual de equivocadas —y es igual de peligroso— al creer una «información falsa» como al pensar que «todo» lo que llega es «falso».
Referencias bibliográficas:
Amorós, M. (2018). Fake News. La verdad de las noticias falsas. Plataforma Editorial, Barcelona, 2018. 187p. ISBN: 9788417114725
Barrett, et al. (2015). Los límites de la comprensión computacional del cerebro. Instituto Cultura y Sociedad (ICS). Universidad de Navarra. Disponible en: https://www.academia.edu/12329850/Los_l%C3%ADmites_de_la_comprensión_computacional_
del_cerebro Consulta: 23 de abril de 2022
Calvo, E. & Aruguete, N. (2020). Fake news, trolls y otros encantos. Cómo funcionan (para bien y para mal) las redes sociales. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2020. 237p. ISBN: 978-987-629-998-5.
Sanz Blasco, R., & Carro de Francisco, C. (2019). Susceptibilidad cognitiva a las falsas informaciones. Historia y Comunicación Social, 24(2), 521-531. https://doi.org/10.5209/hics.66296
Seoane, et al. (2017). Diferencias individuales en razonamiento hipotético-deductivo: Importancia de la flexibilidad y de las habilidades cognitivas. Universidad de Santiago de Compostela. Disponible en: https://www.infocop.es/view_article.asp?id=1440 Consulta: 25 de abril de 2022
