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GUERRA DE TRINCHERAS: DESINFORMACIÓN EN LA ERA DIGITAL

Internet, reducido a niveles básicos, se podría definir como una tela de araña formada por ordenadores interconectados a través de servidores —también conocidos como nodos— que hablan un mismo idioma y suministran información a quien forma parte de esta red. Desde la aparición de Internet de la mano de Tim Berners-Lee hasta la creación del ecosistema digital en el que la sociedad está envuelta, sus características han cambiado.  ¿Han creado estas singularidades un mundo polarizado, donde la verdad no es única y la sociedad se mueve por clics?

 

Un ecosistema es un conjunto de especies que forman parte de un área determinada. Estas se dividen en bióticas (seres vivos) y abióticas (luz, agua, suelo, etc.) e interactúan tanto entre ellas como con el propio ambiente. Por tanto, en el ecosistema digital, las especies bióticas serían las personas —los usuarios— y las abióticas todo aquello que forma la red —servidores, algoritmos, redes sociales, etcétera—. 

 

En un contexto de cambios vertiginosos e incertidumbre, la vinculación, cada vez más estrecha, entre los individuos y las tecnologías digitales probablemente sea el elemento de más largo recorrido y de mayores implicaciones en distintos órdenes de la vida cotidiana —económicos, político, laboral, lúdico, social e individual—. Todo ello acontece junto a una nueva dimensión comunicativa (López, 2005).

Esta novedad vinculada a la comunicación ha modificado la difusión; el relato periodístico ha dejado de ser un producto cerrado a uno continuo y transmedia posibilitado por el ecosistema digital. Su condición específica no es tanto la integración de formas de relato ya existentes, sino la generación de una nueva lógica comunicativa (Carrera Álvarez, et al., 2014). 

Los receptores han dejado de ser pasivos para tener un rol protagonista y ser capaces de modificar la agenda mediática e incluso el accionar de las organizaciones

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En este nuevo ecosistema mediático se relacionan tanto los medios tradicionales como las nuevas tecnologías de la comunicación, pero sus características han evolucionado. Uno de los puntos definitorios de este ecosistema digital es, según el profesor de Comunicación Digital de la Universidad Rey Juan Carlos, Manuel Gértrudix, la diversidad:  «Hay una multiplicidad real de voces, canales, estrategias, soportes… Representa, en la parte buena, ese desiderátum de la comunicación multidistribuida con la capacidad de comunicar». 

 

Otro de los cambios es el papel por parte de la audiencia, a lo que antes se llamaba receptor, pero que hoy en día responde a un papel activo en los procesos comunicativos. Los receptores han dejado de ser pasivos para tener un rol protagonista y ser capaces de modificar la agenda mediática e incluso el accionar de las organizaciones (Colautti, 2017). Con la presión de las redes sociales, se ha democratizado la información y han aumentado las fuentes, por lo tanto, «cualquier persona» puede comunicar con «cierto impacto», como remarca Julián Macías, creador de Pandemia Digital.  

 

Junto a estas tres características, es importante destacar, a su vez, el carácter emocional que ha adquirido el lenguaje: «Las fake news articulan noticias que nos vinculan emocionalmente a mentiras» (Amorós, 2018). Esto se ve muchas veces reflejado en titulares sensacionalistas que buscan apelar las emociones del lector para despertar su interés. Este fenómeno, conocido como clickbait o ‘cebo de clics’,  está basado en el diseño de contenidos gancho que tienen como fin atraer la atención de los lectores y animar a los usuarios a hacer clic en el vínculo de una página mediante una selección noticiosa, estrategias de redacción o uso de imágenes que hacen de cebo (Blom y Hansen, 2015).

 

De este modo, son titulares que, en lugar de querer informar, buscan apelar a la curiosidad del usuario para aumentar el tráfico a la web. En la gran mayoría de ocasiones el contenido que el internauta encuentra al hacer ‘clic’ es diferente a aquello que afirma el titular y está lejos de responder a los criterios periodísticos esenciales. 

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¿Qué se esconde detrás del clickbait? Elaboración propia a partir del  artículo ¿Qué es el clickbait y cómo usarlo con buenos propósitos?  // Fuente: Vázquez Chimeno, A. (2018)

Todo ello ha hecho que cambien las maneras de producir, distribuir y consumir información. La producción ha evolucionado para posicionar al usuario en el centro. Los periodistas trabajan con nuevos lenguajes y enfoques transmediáticos asociados a la proximidad y la periodicidad a través de un flujo permanente de información, aunque esta sea poco estructurada y superficial. 

 

Este nuevo modo de producir información, ligado a la crisis que arrastran de años atrás, ha sorprendido a los medios de comunicación tradicionales, que generan contenidos de baja calidad y sin diferencia de lo gratuito que cualquiera puede encontrar en la red. Asimismo, la reducción de plantillas y la necesidad de contar la actualidad al momento ha llevado a este tipo de medios a crear contenidos de forma rápida y sin tiempo para salir a la calle a recoger información, contactar con sus fuentes y confirmar las informaciones (Canavilhas, 2015). 

 

El periodismo ya no monopoliza la producción y distribución de noticias y opiniones. Actualmente, un conjunto de plataformas permite a la ciudadanía cumplir funciones similares a las que el periodismo tuvo históricamente: producir, circular, corregir, chequear, reproducir información (Calvo & Aruguete, 2020). 

Por lo que atañe a la forma de distribución, el paradigma ha cambiado. Hace un tiempo las personas iban a por la información; se levantaban e iban a comprar el periódico o encendían la radio o la TV. 

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Número medio de ejemplares vendidos en quiosco de los principales periódicos generalistas en España en 2019 y 2020. // Fuente: Statista

Ahora la información tiene que ir a por las personas, tiene que estar donde estas están y, hoy en día, están permanentemente conectadas a su PC, smartphone o tableta (Canavilhas, 2015). Así lo explica la experta en alfabetización mediática, comunicación digital y competencia digital, Maria del Carmen Gálvez de la Cuesta:

 

Antes el esfuerzo que tenía que hacer alguien para informarse estaba o bien en encender el televisor, en leer el periódico detalladamente o en escuchar la radio. Ahora, esa información ni siquiera la tenemos que buscar, sino que nos llega. No tenemos ni que hacer el ejercicio de darle al botón de la televisión: con encender el móvil me va a llegar. Es una forma súper rápida de hacer crecer información que, en muchos de los casos, no es verídica y que, además, tendemos a creernos puesto que nos llega de fuentes o personas conocidas.   

 

La sociedad tiende a un consumo de información personalizada, donde destacan la instantaneidad y el continuum informativo, es decir, busca una conexión permanente con el mundo. Esto ha dado pie a crear nuevas interfaces de distribución que han atraído a nuevos públicos (Canavilhas, 2015). Esta nueva forma de compartir nace, en parte, gracias a los algoritmos, pues observan y aprenden del comportamiento de los usuarios para cribar mensajes y hacerlos llegar de forma sesgada según las preferencias del internauta.  

 

A la vez que la producción y distribución, el consumo también ha experimentado cambios. El nuevo ecosistema digital ha aumentado el tiempo de consumo y ha integrado a los usuarios en el sistema mediático a través de un papel activo. Se ha pasado de un consumo grupal y estático a uno individual y móvil, por lo que es necesario preparar mensajes para diferentes entornos (Canavilhas, 2015).

Esta nueva forma de compartir nace, en parte, gracias a los algoritmos, pues observan y aprenden del comportamiento de los usuarios para cribar mensajes y hacerlos llegar de forma sesgada según las preferencias del internauta

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Estos cambios permiten la democratización de la participación, es decir, el nuevo ecosistema ha dotado a las personas de capacidad para intervenir activamente en el discurso mediático y social. «Eso tiene una ventaja en el sentido de que todas las voces se pueden escuchar, pero ese mismo factor tiene un inconveniente y es que ha generado la ilusión de que todas las voces, para todos los temas, valen lo mismo», recalca Manuel Gértrudix.

 

El acceso a una gran cantidad de información es una de las grandes virtudes de Internet, ya que ofrece a los usuarios un amplio abanico de posibilidades para informarse, contrastar aquello que consumen y adquirir conocimiento. Sin embargo, a su vez, puede resultar un problema debido a que tanta información desestructurada se vuelve incontrolable (Villaroel, 2015). Como expresa Gértrudix: «Cuesta hacer emerger lo relevante de una cantidad de información que acaba generando desinformación».

 

La abundancia informativa ha llevado a la gente a confiar más en sus contactos de las redes sociales como filtro que dé sentido a esa abrumadora cantidad de información (Rainie & Wellman, 2012). Este hecho ha dado pie a lo que se define como ‘cámara de eco’ o ‘echo chamber: «Entorno en el que alguien encuentra solo opiniones y creencias similares a las suyas, y no se consideran las alternativas» (Oxford, 2022). 

La posverdad es la asunción de que la verdad no es esencial para la vida en sociedad, sino que, además, puede ser un elemento que la dificulte

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Los datos proporcionados por unos simples clics ayudan a generar un retrato de cada usuario (González-Benito, 2016). El nuevo ecosistema, a través de este retrato y junto a los algoritmos, ha creado grupos que se relacionan en cámaras de eco cada vez más polarizadas. Este fenómeno se ve todavía más acentuado con el fenómeno de la posverdad. 

 

El Oxford Dictionaries define el concepto de posverdad (post-truth) como aquello relativo a circunstancias en las que las personas responden más a sentimientos y creencias que a hechos. Es decir, importa más que el dato apele a las emociones de las personas que su veracidad. El profesor de Ciencias de la Información y Comunicación de la Universitat Oberta de Catalunya, Alexandre López-Borrull, asegura que las personas quieren confirmar sus ideas preestablecidas:

 

En ese estado, donde la verdad pasa a ser líquida, lo que pasa, sobre todo en sociedades muy polarizadas, es que la gente quiere ver continuamente alimentado aquello que ya cree, de forma que dejan de tener en su ‘dieta digital’ opiniones contrarias. De alguna manera, se crean burbujas, conocidas como ‘echo chambers’, de las cuales no salimos para ver opiniones contrarias a las nuestras. 

 

Asimismo, estas cámaras generan que la sociedad sea «menos crítica» o «más acrítica» con noticias que están «de acuerdo con sus posturas», asegura el director del Departamento de Comunicación e Información Periodística del CEU Cardenal Herrera, Jordi Pérez Llavador. En este contexto la verdad deja de ser relevante, como menciona el doctor de Derecho Constitucional y miembro del Foro de Gobierno Abierto del gobierno de España, Rafael Rubio Nuñez:

La posverdad es la asunción de que la verdad no es esencial para la vida en sociedad, sino que, además, puede ser un elemento que la dificulte. Si la verdad pasa a entenderse como un obstáculo y cada persona tiene la suya, no se podría llevar a cabo un diálogo democrático y se acabarían desgastando los pilares de la democracia. 

 

Al asumir que cada persona tiene su verdad y que los algoritmos propician a ello, nace lo que el mismo experto define como ‘verdad a la carta’. La diversidad inicial que proporciona Internet para consumir contenido acaba reducida a una información concreta que responde a los intereses de cada internauta. «Cualquier persona, independientemente de su ideología, tiende a creer lo que le interesa», recalca Macías.

Si todas las personas que usan Internet se reunieran llenarían 50.325 campos de fútbol como el del F.C. Barcelona, aproximadamente

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Todo ello se desarrolla en un sistema caracterizado por la inmediatez, que permite compartir información y conocer la realidad prácticamente en tiempo real. Actualmente esperar al periódico del día siguiente o al telediario de la noche es innecesario. Simplemente con acceder a Internet puedes estar informado las 24 horas del día. Sin embargo, este ‘nuevo’ proceso, que, como menciona Gértrudix, es «rápido» y «vertiginoso», provoca que haya «poca reflexión». Es decir, el exceso de información junto a la velocidad a la que circula la misma provoca una falta de atención crítica hacia el entorno (Ramón & Gil, 2020):

 

Hoy en día, la lectura pausada, la interpretación crítica o incluso el esfuerzo de comprensión que requiere enfrentarse a un texto, son elementos incompatibles con la rapidez que exige la viralización, la instantaneidad demandada por las redes sociales, el creer necesaria la multiconexión (...).

 

Leer, interpretar, comprender… Todo ello requiere tiempo. El lector debe preservar su papel crítico pese a la inmediatez. Los usuarios se sienten atrapados en esa vorágine de noticias al instante, que les invita a abandonar cualquier intento de comprensión y caer en el ‘todo vale’ es algo sencillo. La prisa necesaria de cliquear, compartir y viralizar hace que, en muchas ocasiones, se pase de leer entre líneas a ni siquiera leer el titular de una información (Ramón & Gil, 2020).

 

Manuel Gértrudix lo sintetiza con un ejemplo: «Comerte una bolsa de patatas fritas es fácil: la coges, pagas lo que cuesta, lo abres, te lo comes y ya. Hacer un cocido lleva mucho tiempo. Seguramente me voy a alimentar mejor si hago algo más elaborado». En la dieta mediática pasa exactamente igual. Entras a Twitter, lees lo que dicen las personas a las que sigues y te informas. Abrir las redes, leer más de un punto de vista, cerciorarse de que la información es cierta y buscar causas, contexto y consecuencias más allá de 280 caracteres es más costoso.

 

En 2022, según el último informe realizado por We Are Social y Hootsuite, son ya cerca de 5.000 millones de personas las que usan Internet (62.5 % del total de la población). Si se pone el dato en perspectiva, si todas las personas que usan Internet se reunieran llenarían 50.325 campos de fútbol como el del F.C. Barcelona, aproximadamente. El mismo estudio revela que los usuarios pasan de media 6 horas y 58 minutos conectados a la red y que la mayor razón de uso es encontrar información (61 %). 

 

En cuanto a las redes sociales, cerca del 75% de la población mundial mayor de 13 años usa de estas (Beveridge, 2022). La penetración de internet, el tiempo de conexión y el número de personas con dispositivos móviles varía según la región donde se habite. En España, según el informe antes mencionado, el 87,1% de la población tiene redes sociales y el 75 % afirma usar internet para buscar información. 

Tenemos unos medios que condicionan la forma de consumir información y es difícil que uno repare en nada, porque un impacto informativo borra el anterior

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La web ha cambiado el paradigma. Como explica el profesor Pérez Llavador: «Las redes sociales han suplantado a los medios de comunicación. Los medios de comunicación se han ganado un cierto descrédito y hay una pérdida de confianza». Con esta pérdida de confianza, algunas de las big tech se consagraron como «los surtidores de noticias e información», es decir, pasaron a ser el filtro entre el ciudadano y la noticia, según precisa el creador de Pandemia Digital. Sin embargo, únicamente algunas redes han entrado de lleno en este papel informativo, pues, como comenta Gálvez, a medida que evolucionaban se clasificaban por «tipos de públicos». 

 

Twitter, por ejemplo, tiene una marcada línea comunicativa:

 

Twitter se ha incorporado a las rutinas periodísticas en todas las fases del proceso de construcción del relato informativo. Se usa especialmente para la difusión y promoción de contenidos, pero también se consulta durante la cobertura de hechos noticiables, en busca de datos y contexto, y para conocer las opiniones de expertos y actores socialmente influyentes. Asimismo, se recurre a Twitter para pulsar el ambiente o estado de la cuestión sobre asuntos de relevancia. (López Meri, 2015).

 

Pese a esto, los puntos favorables que caracterizan a las redes como medios informativos imposibilitan ocultar su faceta más ominosa. Un caso lo expone el profesor Gértrudix: «Las redes, por su lógica, son un tobogán, lo mismo veo un cadáver o me informas de algo terrible —si no lo han censurado— y al momento estoy con el Moto Mami —canción de Rosalía—».

 

Además, por su funcionamiento —follows, me gusta, retuit…—, es un sistema perfecto para la creación de ‘cámaras de eco’, pues la gran mayoría de veces te recomienda aquello que te gusta. Como explica Marc Amorós en su libro ‘Fake News: La verdad de las noticias falsas’: «Hoy en día, con las redes sociales, la circulación y el acceso a la información se ha democratizado. (...) Todos somos ya un medio de comunicación. Eso sí, un medio que solo refleja nuestra verdad. Mi verdad». 

 

La multiplicidad de voces, a su vez, es un pro y un contra, pues cualquiera puede ser un difusor de (des)información. Asimismo, se encuentra el problema del anonimato: «La libertad que brinda la identidad anónima sirve para desplazamientos creativos y emancipadores del cuerpo pero también se revela como un lugar desde el que se pueden contaminar las condiciones de encuentro con total inmunidad» (Cambronero, 2021). 

 

Al fin y al cabo, el medio no es un problema. La respuesta, como comenta Rubio, requiere una «alfabetización digital» que ayude a entender «la lógica digital del funcionamiento de los medios». Hay que conocer qué es un medio y cómo funciona.  El problema reside en lo que explica Gértrudix: 

 

Es como si estuviésemos en un océano de información, pero nos encontrásemos en la superficie. Como además tenemos unos medios que condicionan la forma de consumir información —al final cuando manejamos Tik Tok o Instagram un mensaje borra el siguiente— y es difícil que uno repare en nada, porque un impacto informativo borra el anterior. En ese flujo de noticias lo que sucede es que tenemos mucha más información, pero no necesariamente conocimiento, porque el conocimiento requiere procesamiento y necesita, a veces, suspender una información y descender en ella.

 

Jordi Pérez Llavador apela al ciudadano: «Nosotros, como ciudadanos, estamos trasladando información y eso conlleva una responsabilidad». Con todo esto, si se consigue que la sociedad llegue a comprender qué son los medios, cómo funcionan y qué lógicas siguen, habrá la posibilidad de repensar cómo deben relacionarse con ellos y conseguir, de nuevo, que Internet sea un espacio de contrapoder. 

Referencias bibliográficas:

Amorós, M. (2018). Fake News. La verdad de las noticias falsas.  Plataforma Editorial, Barcelona, 2018. 187p.  ISBN: 9788417114725

Beveridge, C. (2022). 150+ estadísticas de redes sociales relevantes para tu negocio en 2022. blog.hootsuite.com. 28 de marzo de 2022. Disponible en:  https://blog.hootsuite.com/es/125-estadisticas-de-redessociales/#Estadisticas_generales_de_las_redes_

sociales Consulta: 30 de abril de 2022

Blom J, N. & Hansen K, R. (2015): Click bait. Forward reference as lure in online news headlines. Journal of Pragmatics, 76, pp. 87-100. 

Colautti, N. (2017). Nuevo ecosistema mediático. Características del medio digital en la relación entre organizaciones y usuarios. Universidad Nacional de Rosario Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales Escuela de Comunicación Social. Disponible en: https://rephip.unr.edu.ar/bitstream/handle/2133/11055/Tesis-C Consulta: 25 de abril de 2022

Calvo, E. & Aruguete, N. (2020). Fake news, trolls y otros encantos. Cómo funcionan (para bien y para mal) las redes sociales. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2020. 237p. ISBN: 978-987-629-998-5

Cambronero, M. (2021). Redes sociales: ¿avance o desastre para la esfera pública?. elsaltodiario.com. 27 de septiembre de 2021. Disponible en:  https://www.elsaltodiario.com/atenea_cyborg/redes-sociales-avance-o-desastre-para-la-esfera-publica Consulta: 1 de mayo de 2022 Consulta: 26 de abril de 2022

Canavilhas, J. (2015). “Nuevos medios, nuevo ecosistema”. El profesional de la información, v. 24, n. 4, pp. 357-362. Disponible en: http://dx.doi.org/10.3145/epi.2015.jul.01 Consulta: 30 de abril de 2022

Carrera Álvarez, P., Limón Serrano, N., Herrero Curiel, E., & Sainz de Baranda Andújar, C. (2014). Transmedialidad y ecosistema digital. Historia y Comunicación Social, 18, 535-545. Disponible en: https://doi.org/10.5209/rev_HICS.2013.v18.44257 Consulta: 29 de abril de 2022

 

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López, G. (ed). (2005). El ecosistema digital: Modelos de comunicación, nuevos medios y público en Internet. València: Servei de Publicacions de la Universitat de València. Disponible en:  https://vinv.ucr.ac.cr/sites/default/files/divulgacion-ciencia/libros-y-tesis/ecosistema-digital.pdf Consulta: 26 de abril de 2022

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Rainie, H., & Wellman, B. (2012). Networked: The new social operating system: Mit Press Cambridge, MA.

 

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